Revista de la Facultad de Ciencias Sociales UBA Nro. 93 Mayo 2017
Trabajadores infantiles y
neo-informalidad
Mariela Macri
Socióloga –Dra. En
Educación-IIGG-UBA
En
este artículo abordaré la cuestión de los trabajadores infantiles en el contexto socio laboral actual,
signado por nuevas formas de trabajo para los adultos que en muchos casos
entrañan vulneración de conquistas laborales y crecimiento de la precariedad y
pobreza. Abordar el “trabajo infantil” implica desbrozar una vasta y controversial
cuestión que data de tiempos históricos. Con frecuencia se escuchan, tanto en
ámbitos académicos como entre los grupos involucrados en la defensa de los
niños trabajadores, los argumentos enfrentados
en un debate social nunca cerrado entre abolicionistas y quiénes
abogan por la promoción
/regulación del trabajo infantil. Personalmente adhiero a los argumentos
abolicionistas pero, como ya he expresado en múltiples ocasiones considero que
el uso de las expresiones “erradicar” o “eliminar el trabajo infantil” tomadas
en sentido literal han dado pie a fuertes críticas[1]. En
este sentido, asimilando la perspectiva abolicionista a ideas tales como, homogeneizar
la infancia, estigmatizar, judicializar o criminalizar a los trabajadores
infantiles y sus familias, los promotores
de la regulación del trabajo infantil esgrimen sus argumentos más radicales en
contra del abolicionismo. No obstante y siendo respetuosa de las ideas
divergentes destaco que, lejos de criminalizar el trabajo infantil, desde el
abolicionismo se sostienen fundamentalmente la prevención y promoción de
derechos de niños[2]
a su educación, recreación, salud, etc. Estos se verían vulnerados por las
jornadas de trabajo.
El
concepto de trabajo infantil fue acuñado y estudiado en el contexto de
relaciones de producción capitalista en el siglo XVIII. Los hijos pequeños de los
trabajadores más pobres del proletariado urbano, aquellos que se encontraban en
situación de miseria, constituían una fuerza de trabajo de reserva. Estos niños
cuando ingresaban al mercado laboral percibían, como ocurría en el caso de las
trabajadoras femeninas, salarios más bajos que los hombres. El sentido de la
incorporación de trabajadores infantiles consistía en comprar mayor cantidad de
fuerza de trabajo con el mismo capital reemplazando trabajadores adultos por
trabajadores inferiores. Por otra parte entre las clases trabajadoras la
esperanza de vida de los obreros era de quince años y la industria requería un
relevo rápido de las generaciones de trabajadores. La reproducción social y
biológica se lograba mediante matrimonios prematuros y la explotación de los
niños obreros contribuía a aumentar las ganancias. En síntesis la explotación
de los niños obreros contribuía a la acumulación de riqueza y a la reproducción
de la pobreza.
Hoy a pesar del tiempo y la distancia aún siguen vívidas las
historias de miseria de los pequeños obreros ingleses. En efecto se repiten en
forma aggiornada en las vidas de los doscientos millones de niños y niñas menores de quince años que siguen
trabajando en todo el mundo. Sin embargo en nuestro tiempo ya no es acertado
hablar de “trabajo infantil en singular”. Hoy es posible observar, sin mucha
agudeza visual, las múltiples y heterogéneas formas y condiciones de trabajo de
los niños y las niñas. A su vez un ojo avisado también puede percibir y /o
intuir las múltiples formas en las que el trabajo infantil es socialmente invisibilizado,
me refiero por ejemplo al trabajo doméstico que realizan principalmente las
niñas y criadas (Macri, 2011), al trabajo en talleres clandestinos, entre otros.
El denominador común de los trabajos infantiles es que son realizados en el
sector informal del mercado laboral, en contextos de precariedad y consiguiente
vulneración de derechos laborales y sociales tanto de la población adulta como
infantil.
Los niños y niñas trabajadores son sujetos que no han
cumplido los dieciséis años[3] quiénes
transitando su infancia y su escolaridad trabajan bajo modalidades diversas. De
acuerdo a testimonios de vida los niños y las niñas trabajadores sufren
la doble tensión naturalizada entre las obligaciones muchas veces contrapuestas
que impone cumplir con las demandas de la escuela y del trabajo. En muchas
ocasiones sufren malos tratos por parte de los adultos tanto en los trabajos
como en las escuelas. Una joven nepalesa, relata en su historia de vida que
durante su infancia se preguntaba, porque además de trabajar duramente debía ir
a la escuela, no era suficiente ya con trabajar en la casa y en el campo (Raj Giri,2007)
¿Por qué persiste el trabajo infantil?
De
acuerdo a datos de OIT en Latinoamérica y el Caribe se concentran doce millones
de niños y niñas trabajadores. Las investigaciones provenientes del campo de la
economía y de la sociología interpretan la presencia y persistencia de la niñez
trabajadora en las sociedades capitalistas subdesarrolladas como un fenómeno
que forma parte de las estrategias de subsistencia de las familias en situación
de pobreza para atender su propia reproducción social al margen de la sociedad
estructurada. El trabajo de los niños y niñas aparece como estrategia de las
familias urbanas y rurales para hacer frente al desempleo, al subempleo, al
trabajo en condiciones precarias de los adultos. Desde estas perspectivas se
señala que el capitalismo no ha logrado eliminar el trabajo infantil sino que
en las economías subdesarrolladas adquiere una particular significación para
dar cuenta de la concentración del ingreso, de la segmentación de los mercados
laborales y de las desigualdades sociales.
Para comprender en profundidad el fenómeno del trabajo
infantil y su presencia sostenida es menester considerar la macro estructura
económica, aludimos al estudio del sector informal urbano y la dinámica de su
mercado de trabajo.
El fenómeno de la informalidad urbana y de los
trabajadores informales, tan extendido en Latinoamérica desde los años 80 del
siglo XX, se ha mantenido con el transcurso del tiempo. La promesa de tránsito
de los trabajadores desde la informalidad a la formalidad laboral, no solo no
se ha cumplido; sino que la informalidad vinculada a la flexibilidad en las
formas de contratación de los trabajadores persiste en el siglo XXI con
variaciones que diversos autores denominan neo-informalidad (Perez Sainz, 1993).
En las sociedades latinoamericanas los empleos informales
siguen constituyendo el principal mecanismo de ajuste del mercado laboral
frente a la crisis de las últimas décadas. El trabajo en el sector informal
urbano que se caracteriza por la flexibilidad en las formas de contratación y
la precariedad de las condiciones de empleo ha sido objeto de imágenes e
interpretaciones sociales en contraste. Por un lado se lo vincula a la
precariedad; la pobreza y la marginalidad de poblaciones que no logran
insertarse laboralmente en el sector formal de la economía. Por otra parte se
sostiene su potencialidad empresarial para estimular el empleo en el contexto
del nuevo capitalismo flexible. La flexibilización laboral fue considerada por
algunos economistas de la década de los noventa del siglo XX como un elemento
que potenciaba el desarrollo de la economía y el crecimiento del empleo.
Siguiendo
a J. P. Perez Sainz coincidimos en que es útil hoy el concepto de “neo-informalidad”
para dar cuenta tanto de la continuidad que ha tenido en el tiempo la informalidad que devino luego de la crisis
de los años ochenta del siglo pasado, como para dar cuenta de las nuevas
características de dicho fenómeno. La neo-informalidad se presenta como la
contracara de la globalización y las economías transnacionales. Sin embargo es
preciso reconocer que el sector informal es heterogéneo y segmentado. Hoy la “neo-informalidad” de los trabajadores se
articula y es funcional al sector formal de la economía. Una prueba de su funcionalidad es por ejemplo
que en las cadenas de producción de las grandes firmas en muchos casos es
posible observar eslabones en los cuales se emplea mano de obra infantil. Este
hecho redunda en una baja en los costos laborales por ejemplo a partir de la
subcontratación, el trabajo a domicilio, a destajo y otras formas. Los
segmentos en los que habitan los niños que trabajan y sus familias son los
lugares de la pobreza, de las microeconomías de subsistencia. Familias que
realizan estrategias de subsistencia, ya sea en su lugar de origen o en
contextos de desplazamientos y migraciones y en sus tránsitos movilizan todos
sus recursos hasta los niños. Pobres estructurales se aúnan con nuevos pobres,
trabajadores que quedaron excedentes en función del cambio tecnológico. Integran
una fuerza de trabajo excedente estructural, que para sobrevivir genera
autoempleo en diversas actividades informales (Pérez Sainz 1993)
Como mencionamos el trabajo infantil se asocia
tanto a la estructura socioeconómica, concretamente a las características del
sistema de producción y del mercado laboral como a la posición de los propios
niños y sus familias en la estructura social. La mayoría de los niños que
trabajan provienen de hogares en los que los adultos no han logrado obtener ingresos,
estables y suficientes como para sostener los gastos que requiere la
alimentación, vivienda y educación. En esta dirección es posible suponer que
las familias implementan pautas de crianza y socialización de las nuevas
generaciones, de acuerdo a sus valores pero teniendo en cuenta sus
posibilidades económicas y las políticas del estado. El deterioro progresivo de
los servicios sociales de salud, educación, seguridad social afecta a toda la
población pero recae con más fuerza sobre aquellos que menos recursos poseen ya
sea porque los han perdido como consecuencia del desempleo o porque nunca
consiguieron acceder a un empleo protegido por los beneficios de la seguridad
social. Sin embargo es preciso reconocer
que si bien las familias están condicionadas por estructuras sociales poseen
ciertos grados de autonomía. Con relación a la autonomía frente a los macro
determinantes actualmente es posible observar que no todos los niños pobres
trabajan, y que algunos niños que trabajan no son pobres.
El papel de las Políticas públicas
El
análisis del contenido del último convenio internacional para la erradicación
de las peores formas de trabajo infantil, el convenio 182 de la OIT permite
visualizar el drama actual. Hoy los niños no solo son empleados como mano de
obra flexible para producir mercancías y servicios sino que se nos revela el
costado más oscuro del trabajo de los niños que es la utilización de mano de
obra infantil para cometer delitos, traficar drogas, integrar redes de
prostitución y ejércitos. A partir de la lectura del Convenio 182 se infiere
que ya no son las grandes industrias como planteaba Marx las demandantes de
trabajo infantil sino que la demanda de trabajadores infantiles proviene de los
mercados informales; las mafias y las economías clandestinas, lugares en donde
los niños no tienen nada bueno para aprender. Las peores formas de trabajo infantil enunciadas en el
Convenio 182 de la OIT del año 1999, ratificado por nuestro país en 2001
consisten en actividades tales como la explotación sexual y comercial y la
trata de niños/as con fines de explotación laboral, así como a la utilización
de niños/as en conflictos bélicos y en el tráfico de drogas. Estas constituyen
violaciones a los derechos humanos básicos de los niños/as y adolescentes y
Argentina ha adoptado una serie de dispositivos institucionales y
modificaciones legislativas para priorizar la eliminación de estas peores
formas. No obstante no se conocen estadísticas acerca de la cantidad de
niños/as involucrados en las áreas de frontera y en las principales ciudades de
nuestro país.
Además
de las denominadas peores formas, que está fuera de discusión que constituyen delitos de los adultos cuyas
víctimas son los niños, se observa en la actualidad la presencia de
trabajadores infantiles en la calle; en talleres textiles; en las cosechas; en
granjas, en ladrilleras, entre otras actividades. El crecimiento del empleo
precario que alcanzó en Argentina al 34,2% de los trabajadores en 2011, y el
desempleo constituyen cuestiones estrechamente vinculadas a la presencia de los
trabajadores infantiles.
En cuanto a la política en materia de trabajo Infanto-adolescente
desde el estado Argentino, y en una
explícita toma de posición abolicionista los funcionarios públicos perciben el
trabajo infantil como una situación que vulnera los derechos de los niños/as
tales como la salud; la educación; la recreación, en suma como un mal que
atenta contra el desarrollo bio-psico-social de niño/as. Esta visión se
manifiesta en las formas de intervención que constituyen la política oficial
del país[4].
¿Qué
nos queda pendiente? Abriendo horizontes
La
prevención y la promoción de derechos requieren que la transferencia directa de
ingresos que las familias reciben actualmente mediante la Asignación Universal
por hijo (AUH) se complemente con inversión en recursos para financiar la
implementación de políticas y dispositivos institucionales tales como:
-creación de instituciones de calidad que desalienten el
trabajo de los niños (centros de cuidado, de juego, de apoyo escolar ) y promuevan la escolaridad sostenida y la
finalización de los ciclos obligatorios.
-ofrecer escuelas que constituyan la contracara de la
precariedad del hábitat y de los lugares de trabajo, en las que se articule la
riqueza material (edilicia y de bienes) con la calidad humana y docente y la
fortaleza institucional.
-estimular
la inversión en la generación de puestos de trabajo con garantía de derechos
sociales para los adultos responsables últimos del cuidado y educación de los
niños/as.
La
prevención se sustenta en la efectividad, más allá de los discursos, de las
políticas universales de educación, salud, vivienda e infraestructura. En
última instancia aún subsiste la tarea incumplida de articular intervenciones
específicas en el marco de la co-responsabilidad institucional que demanda la
construcción del sistema de protección integral de la infancia como prevé la
ley 26.061.
El
fin último de promoción de los derechos de la infancia y de un sector de la
niñez que requiere protección especial como es el de los niños y niñas
trabajadores no es combatir la cultura
de la pobreza sino la luchar para superar la pobreza humana y social.
Bibliografía:
Macri,
M. y Uhart, C. (coord.) (2012) Trabajos Infantiles e Infancias La Crujía:
Buenos Aires.
Macri,
M. (2011) Trabajo infantil y familia: Los estudios sociológicos sobre la
familia como marco interpretativo para el trabajo intrafamiliar. En Lily Flah
(coord.). Los desafíos del derecho de familia en el siglo XXI. Errepar Ediciones:
Buenos Aires.
Pérez
Sainz, J. (1993) Globalización y neo-informalidad en América Latina. Revista Nueva Sociedad. Venezuela 1993.
Raj Giri, B. (2007) An Autobiography of Child Work; a
reflexive account –Childhoods Today Volume 1 Issue 2 –The University of
Sheffield.
[1] Macri, Ford, Berliner, Molteni (2005) El trabajo infantil no es juego.
La Crujía: Buenos Aires.
[2] Son múltiples los argumentos a favor y en contra del trabajo infantil
pero no me voy a extender aquí ya que el objetivo del artículo es presentar
algunas aristas de la cuestión. Con respecto al debate pueden consultarse
diversos autores que abordan las dos líneas de pensamiento tales como: E.
García Méndez y H.Araldsen, 1997; Cussianovich, 1996, entre otros.
[3] Veáse ley Nacional 26390/2008 Prohibición del Trabajo Infantil y
Protección del trabajo Adolescente.
[4]
La
conformación de la Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil
(Conaeti) y de las respectivas comisiones
provinciales (Copretis), que orientan
sus acciones territoriales a partir de los líneas de acción propuestas en los
sucesivos planes nacionales, así como la sanción de la ley nacional 26.390/2008
(Prohibición del Trabajo infantil y Protección del trabajo adolescente) y la nueva disposición que penaliza a quiénes
empleen a niños, así como la sanción del
decreto ley de Asignación Universal por Hijo (2009), constituyen el núcleo de
los procesos que se han puesto en marcha para la atención de la problemática
del trabajo infantil en el último decenio.
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